La historia del 26 de Mayo, en Valledupar

Adaptación de un fragmento de la película de Jim Jarmusch, The Mystery Train.

Mi esposo y yo viajábamos mucho al Cesar por negocios. Él tenía una empresa que pavimentaba calles y por cuestiones de familia, el negocio floreció en pueblitos pequeños de ese departamento. Lastimosamente, mi esposo murió en un viaje que estábamos haciendo cerca de Valledupar y no había manera de llevar el cuerpo en avión. En medio de mi destrozo, tuve que hacer un viaje por varios pueblos del Cesar con el cuerpo, para poder llevarlo lo antes posible a un lugar donde se pudiese enviar en avión hasta Bogotá.

Al llegar al aeropuerto Alfonso López Pumarejo, de Valledupar, los señores de los trámites me dijeron que no era posible enviar el cuerpo ese mismo día, pues los permisos para ese tipo de transporte no se hacían de un día para otro y que probablemente tendría que pasar una noche allí mismo en Valledupar. Lo único que puede hacer cuando me informaron la situación, fue asentir y salir del aeropuerto destrozada.

Al pisar el exterior del aeropuerto ya sin la compañía del cadáver de mi esposo, me pude percatar de varias cosas. Lo primero, que la ciudad tenía un aire encantador y cálido a pesar del frío que sentía permanentemente por la muerte de mi esposo. Me detuve un momento con la maleta para mirar alrededor y poder disfrutar un poco del sol que hacía a las tres de la tarde ese día. Me senté y miré a todos lados para detener la sensación de aturdimiento que sentía.

Me incorporé y me paré para recorrer las blancas calles de la ciudad. Por donde quiera que pasase sonaba vallenato, nunca pude distinguir bien la música porque no era muy fanática del género, aunque no me molestara en lo absoluto el bochinche costeño. Caminando calle abajo, me vi por un camino lleno de palmas grandes y frondosas, de casas pequeñas y modestas y sobre todo, de personas sentadas en el pórtico de la casa mirando hacia fuera.

Cuando avisté una tienda donde podía conseguir el periódico de ese día, me acerqué. Un señor gordo y de piel bronceada me atendió en la caja. No llevaba puesta su camiseta, tenía unas bermudas blancas y unas chanclas marca Adidas, que probablemente eran chiviadas. Al acercarme al mostrador el señor me saludó calurosamente y mirando mis medias me preguntó si yo era rola. Le dije que sí, en un tono un poco cortante. El señor con prisa entró en una habitación donde sonaba ruido de máquinas y me trajo una botella de Heineken, me la ofreció con una sonrisa gigante y le aclaré que sólo iba por el periódico de ese día. El señor no prestó mayor atención y empezó a ofrecerme confites de todo tipo que sacaba de una despensa cercana al mostrador.

Me vi en la calle de nuevo llena de confites, revistas de farándula y bebidas. Apenas caminé dos pasos y se vinieron abajo todos los paquetes que abrazaba con dificultad en mi pecho. Los recogí torpemente, dejando caer de nuevo los que ya había recogido. Así toda encartada seguí mi camino hacia donde me llevaran los pies.

Después de unas horas, di con una cafetería agradable y pequeña a la que me dieron muchas ganas de entrar, pues estaba ya cansada de cargar los souvenirs que me había comprado, sin tanta voluntad, en la tienda. Entré y pude sentir el olor a tinto desde la puerta. El lugar tenía mesas al lado derecho y una barra en la que estaban sentados varios hombres tomando cerveza. Me senté a revisar algunas de las revistas y una mesera regordeta me atendió en la mesa, preguntándome qué iba a desear. Le dije que un café estaba bien. La mujer anotó en una pequeña libreta y rectificando la orden volvió a la barra.

Después de un rato de mirar revistas, un hombre casi calvo se sentó en la mesa. Me miró fijamente a los ojos y me preguntó si yo era de allí. Un poco incómoda le respondí que no, que solamente estaba de paso. El señor, sin dejarme de mirar, sacó un pañuelo del bolsillo, lo puso sobre la mesa y con ojos desafiantes me dijo.

-Este pañuelo me lo ha dado alguien que sabía que ibas a venir acá, también me ha dicho que me tienes que dar cinco barras por la historia que te voy a contar.

No pude evitar soltar una sonrisa burlona y le dije que continuara con su historia. El señor se acomodó mejor y me empezó a contar:

-Ese día era un 26 de mayo, como es natural acá en Valledupar, nos fuimos a emborrachar con unos amigos en la tienda que más frecuentamos. Me tomé unas doce o quince cervezas y al sentirme demasiado ebrio me fui devolviendo a mi casa. Un señor en la vía me quiso ayudar porque vio que me tambaleaba mucho, así me fui colgado en su hombro hasta mi casa sin fijarme mucho en él. Cuando llegamos a la puerta de mi casa, lo mire a la cara para agradecerle y me di cuenta de quién era, era Él.

Lo dijo tan sublimemente que no pude evitar emocionarme y preguntarle quién era ansiosamente. Continuó con su historia:

-El cacique de la junta, Diomedes Díaz

Apenas escuché el nombre, me eché a reir. Cuando me di cuenta que el hombre me miraba seriamente le tomé la mano amistosamente y le dije que era una historia muy entretenida, pero que no era posibleme creérmela. Le di diez mil pesos y el señor un poco enfadado se paró de la mesa y se fue. Terminé de tomarme mi café y le pedí a la señorita la cuenta. Me dijo que eran mil doscientos del café y dos mil quinientos de la cerveza del señor que no había pagado la cuenta.

Cuando salí de la tienda ya estaba anocheciendo. Abrí la puerta encartada con todas las cosas que llevaba y el señor que me había contado la historia en la cafetería salió de un callejón con otro tipo bastante mala caroso. Me intentó interceptar de nuevo diciendo que tenía que decirme otra cosa, pero me entró un poco de miedo y me alejé diciendo que no tenía tiempo. Vi al otro lado de la calle un cartel torcido que decía Hotel y me apresuré a entrar.

Entré agitada a la recepción del lugar viejo, había una mujer vociferando, se volteó de prisa sin darme cuenta que yo estaba allí y nos estrellamos, haciendo caer una las cosas de la otra al suelo. Disculpándonos recogimos las cosas, le pregunté qué sucedía. La mujer ofuscada me contó que no podía quedarse en ese hotel, porque la habitación costaba veintidosmil pesos la noche, ella sólo tenía once mil. El recepcionista, un hombre de piel negra y voz grave, interrumpió a la mujer diciendo que a menos que alguien quisiera compartir la habitación con dos camas con ella, no podía reducir el precio de la estadía. Miré alrededor para darme cuenta que era un lugar viejo y sucio, pero que por once mil pesos no era una mala oferta. Le ofrecí a la mujer pagar la mitad de la habitación, sonriente aceptó.

Entregamos cada una su parte al recepcionista y éste sonó el timbre del hotel para llamar al botones, que estaba al lado suyo. Era un muchacho joven, también de piel negra pero más delgado y bajito. Tenía un sombrero de los que le ponen a los monos de los circos, se apresuró a subir las cosas de las dos por una escalera.

Al llegar a la habitación me di cuenta que en la pared del cuarto había un Cuadro de Diomedes Díaz, dos camas sencillas, una mesa de noche con un radio y varios adornos. Cada una se sentó en una cama. Le pregunté su nombre, se llamaba Sara. Empezamos a hablar, me contó que se había separado de su esposo español, vivía en Valledupar por cosas de la vida. Sara planeaba ir a Medellín a visitar una amiga que había tenido un bebé, ya cuando se pudiese instalar, trabajar en la industria textil, pues no quería más vivir en Valledupar con su hermano y su ex novio. Le conté por qué había llegado hasta ahí, después de que el hombre de la cafetería me contara la historia de Diomedes. Sara se burló un poco, me insistió que todo el mundo contaba la historia de haberse encontrado a Diomedes borracho. Sentí un poco de pena por haber sido engañada.

Sara hablaba mucho y no se callaba, me alcancé a desesperar en un momento, hasta que decidió que debíamos irnos a dormir. Apagó las luces y le pedí que no apagara la radio. No podía dormir, ya eran eso de las tres de la mañana cuando anunciaron en la radio la canción 26 de Mayo, de Diomedes Díaz. Apenas empezó a sonar, vi como iba apareciendo en frente de mi cara la figura del difunto cacique de la junta. Quedé helada en la cama mirando perpleja hacia él. Parecía estar completamente perdido, como si tuviese una horrible resaca. Me preguntó en dónde estábamos, le dije que en Valledupar. Se sobó la cabeza un par de veces y se disculpó. Intenté despertar a Sara mientras la figura seguía ahí, pero cuando la desperté, había desaparecido. Un poco molesta me dijo que volviera a dormir, que no debía despertar a la gente así. No pegué un ojo en toda la noche.

Al siguiente día, Sara despertó temprano. Un poco asustada le conté que la noche anterior había visto el espíritu de Diomedes. Sonrió un poco y me dijo que no creyera tonterías, que la historia del hombre de la cafetería había sido sólo eso, una historia. Recogimos nuestras maletas y cada una tomó su camino.

 

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Tributo a Jim Jarmusch y Diomedes Díaz.

Me apuñalas, Monster.

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¿Te acuerdas del amanecer? El de todos los días no, el que nos gusta a los dos. El que te hace amarrarte los cordones y salir corriendo para llegar a casa no, de ese no te acuerdes. Acuérdate del que vemos por la ventana del sofá, del amanecer que está teñido de sangre por las veces que me mataste en sueños y que ahora es la sangre que corre por las venas de los dos. Acuérdate del amanecer como si fuese un despertar largo y doloroso en el que no te veía los ojos, siente como me saco el puñal del vientre con tu mano y como los dos lamemos el filo de la hoja.

Ya que recuerdas el amanecer, acuérdate cómo te abrazo al sentir el friecito entrando por debajo de tu camiseta. Acuérdate de cómo te cojo la cabeza y te miro a los ojos, esperando que nada de ti se me escape, que nada de ti es tan real como lo que soñé desde que te pedí de regalo de grado en el colegio. Y de pronto me destajas el vientre con un puñal, sólo con mirarme. Y entonces yo caigo muerto sobre ti, pero más vivo que todos estos años, con una sonrisa de follada.

Ya que nos destruimos, aprovechemos para repararnos a piecitas. Yo te devuelvo lo que eres y tú me devuelves las ganas de vivir. Es un trato que nunca pactamos, pero al que estamos condenados. Es un pacto que tratamos sin cuidado, siendo que prometimos cuidarnos, eso es algo que los dos olvidamos hacer. Y ahora que los dos somos, te regalo mi vida, te la regalo de verdad, con derecho a puñalada en la madrugada o a beso en el cuello.

Está como saliendo el sol, debería comprarme un Sentra blanco y levantar mucho polvo contigo en el asiento del pasajero tomando fotos. Yo a veces me hago el estúpido, pero sabemos que levantas todo el polvo del planeta con la ventisca de un parpadeo. Me agrada sentir que vamos a mil en el carro y que detrás viene todo el polvo que levantas, que es como esa estela de tierra que dejan los carros en el desierto, que intentan alcanzarlos, pero que caen al suelo a vivir sus vidas de nuevo. Y yo tengo la suerte de que me apuñales en la madrugada, eso nadie más lo tiene.

Y ahora que el sol se asomó por completo, nos queda todo el día. Podemos jugar en la madrugada, comer helado y bailar mucho, sobre todo eso, bailar mucho. Eso de andar sentados es al principio de la fiesta, para que todos sepan que estamos los dos sentados, ya luego cuando la música caliente el sitio, te cojo de la mano y a bailar. Los creepers te salen con la cicatriz al lado del ojo, yo en ese huequito me puedo morir. Y si el baile se acaba, otra vez a dormir, siempre corriendo para que no nos pille el sol. Nos metemos debajo de las cobijas para poder jugar sin luz y que nos dé la madrugada riéndonos de cómo es de feliz tu vida, porque te me clavaste en el vientre y me desangro en el piso riéndome.

Squash

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Empecé a jugar squash después de dejarla. Me inscribí en la escuela de compensar, era más o menos barata y ocupaba el tiempo que no usaba en pensar en estar mal. Al principio fue un poco duro, porque las bolas las tiraba con mucha fuerza y lo lograba atajar ninguna, se me iban por la velocidad. Poco a poco fui entendiendo que entre más duro le pegase a la bola, más difícil sería recibirla.

Llegaba a la casa sólo, así estuviera toda la familia, no había nadie. Descargaba las cosas y me ponía a leer, cosas que no entendiera, tiempo que gastara en no entender. Después me tomaba un vino y dormía mucho, todo el día.

Es terapéutico devolverse un golpe tras otro, que entre más fuerza la bola tenga, uno más duro tenga que recibir. Así iba los miércoles y los viernes a reventar el muro a punta de raqueta y sudor, llegaba a la casa a dormir y me levantaba a pensar en por qué la dejé.

La amaba, la amo. Por eso lo hice así, lo hice con cuidado para dañar y hacer doler. Era una madrugada de un jueves. Fui a su casa porque sabía que iba a hacer mal, así que me perfumé, me puse la mejor ropa que tenía, porque para dañar hay que estar perfumado. Hay que dar vida nueva con las manos limpias.

Sabía que no iba a estar porque los jueves sale a trotar muy temprano y se demora al dar vueltas por ahí, como nunca nos llamamos no sabía donde andaba yo. Entonces me contestó su hermana el citófono y le dije que necesitaba pasar para recoger unas cosas que había dejado la semana pasada. Su hermana es menor que ella, siempre le decía hermanita.

Subí al apartamento, estaba en pijama y no tenía sostén. Me dejó pasar con la vos temblorosa del sueño, todavía se estaba frotando los ojos quitándose las lagañas. Entré a la habitación y empecé a meter cosas que eran mías, cada recuerdito lo puse en una casa y gané tiempo para que la hermana se espabilara un poco.

Llamé a Santiago, un amigo mutuo que sabía que nunca callaba, le dije que tomáramos unas copas con la hermana en su casa, en su propia casa. Él accedió y pasada una media hora llegó, todo emperifollado como siempre iba a todos lados.

El licor empezó a tintar la madrugada y Santiago empezó a caer lentamente sobre la cama, de a pocos. Así fue que quedamos la hermana y yo, bebiéndonos el whisky en tónica amable. Le empecé a hablar de cosas que no entendía, la empecé a marear. Cuando estuvo completamente ebria, le salté encima, le rasgué la ropa y le rompí la cabeza contra una biblioteca que había en la sala. Santiago no respondía, apenas y veía lo que estaba pasando. La hermana disfrutaba confundida. Así la violé sin remedio y ella lo disfrutó desde el inicio hasta el final, la violé sin contemplación.

Me fui a mi casa, me desvestí y me fui a dormir. En la tarde me llamó, le dije que no podíamos seguir. Le dije que ya no daba más.  Cuando todo se derrumbó empezó la real prueba, donde la culpa empezó a rebotar en mí, raquetazo tras raquetazo. Me dijo que nos viéramos, que no podía terminar todo como si hubiese sido una mala experiencia. Quedamos en la noche.

No me bañé, no me cambié de ropa. Fui así, como si nada. Fue una despedida triste, fue una despedida más amarga, estoy seguro, para mí que para ella. Entonces nos vimos irnos y yo por dentro tenía una lanza atascada en la tráquea.

Pensaba en el camino que si seguía así, ella no iba a ser feliz. Que esa pregunta que no podía resolverse: ¿Por qué todo acabó? ¿Por qué no podemos estar juntos? La iba a corroer, por más éxitos que tuviera en su vida, por más talentos que le compensaran para hacerse más liviana, al final quedaría ese amargura en la garganta de una pregunta sin respuesta.

Pasaron los meses y los amigos empezaban a decirme que me odiaba, que no podía con el dolor del engaño, con el dolor de la traición. Me inscribí a entrenamiento de squash, así empecé a limpiar la culpa un poco a poco y el secreto que guardaba. Sabía que Santiago había regado rumores porque así era él, por eso lo invité, por eso lo emborraché. En realidad, todo estuvo planeado, nada fue impulsivo.

Quería darle un dolor diferente, un dolor tangible, así el odio sería perpetuo, sencillo. No quería que llevase consigo la carga de entender el por qué de lo que no es, todos los días, el hablar y saber que todo podría estar bien, pero no lo está. Le regalé odio como mi prueba de amor más grande, le quité la confusión que limpio en la cancha cada vez que la bola se devuelve y tengo que reventarla contra el ladrillo.

Hoy funcionó, el camino a la felicidad la colma y yo, como siempre lo supo, caigo a un abismo irremediable. Caigo entre las tinieblas de la culpa, del dolor de la duda, del no entender por qué nunca pudimos sellar la perpetuidad. Ella no tiene que llevar en el bolso la agonía de un alma oscura que ama, en vez de eso, lleva el dolor de un engaño de otro hombre más que resultó ser un patán.

Diario día uno.

Sentirse aépoca es una chanda y no es por ser el artista incomprendido, qué culada. Es porque de verdad la soledad se lo va tragando a uno entre los pensamientos, entre los gustos y la vida. Estoy seguro que perdí como doce mujeres de mi vida admitiendo que detesto Pink Floyd o The Beatles, pero qué borde, no puede uno escuchar Wisin y Yandel sin que sea uno un marginado de la intelectualidad. Eso sí que no, veo más bestias en el salón con camisetas de The Wall que los señores que llevan los domicilios con reggaetón al cien, pura gasolina. Pero que no le escriba odas tampoco, semejante sacrilegio de la marginalidad.

Si es mejor ser estático, homogéneo. Bailar Bizzarre Love Triangle cuando suene en Asilo porque qué oso uno ahí esperando a que pongan Pegao. Si a nadie le gusta eso, admitir el caribe sólo cuenta en Disco Jaguar. Que si bailé Kevin Roldán en el colegio, entonces qué porquería de guiso. Y ellos muy contemproáneos y sofisticaos por escuchar post punk. Eso sí, sofisticados, de la palabra sofisma que más o menos da a que están repletos de mentiras. Todos fuimos concebidos bajo el son de Diomedes y el baile del perrito, a los que se creen que Roger Waters fecundó el óvulo de sus madres, se equivocan, fue César Gaviria.

Hoy lo llevo con más calma, cierro las redes sociales para que no tenga que hacer esa fricción molesta de todos los días en la que la diferencia expresada hace que uno se vuelva un bache en el camino, que no pueden aplanar, al que no le pueden encontrar el @ en twitter. Perdón si me creo algo, pero después de creérselo mucho uno lo empieza a vivir y se le olvida cómo era no serlo y creer. Así como cuando uno decía: “Yo sólo bailo ska” en las fiestas de quinces. Y el avispado que sabía bailar Quinito Méndez allá en la esquina con la niña bonita entre los labios. Ahora esos mismos son los que invitan a fiestas en rooftops de deephouse, no sé cómo se aguantan esa vaina más de media hora. Son héroes.

Pero encontrarse con uno mismo tiene lo suyo, admitir que uno es el odiado de la Universidad o que perdió amigos por ser borde o por no tener celular, pues bueno, al menos mi juego de Pokémon Red sigue intacto. Puedo leer a Marcuse y emputarme porque odia lo popular, pero sentirme tranquilo porque no me junto con esa chusma moderna, con esos tales caudillos del progreso que hoy hacen que hasta las empanaderías estén diseñadas.

Debería volver esta situación un diario académico, pero no me da ni el coco, ni el sueño, entonces mejor lo vuelvo una nota de quejas en un día en el que meterse un tiro suena como una pizza de salami de dóminos, perdonarán los vegans, me la trago entera y no dejo migas.

Kabrita, Kabrita, sal de ahí.

Lo que he entendido hasta ahora es que una duerme para escaparse de la vida, para no querer afrontar el tener que pisar la alfombra acolchada de la habitación cuando suena el despertador. Mi mamá me dice que debo echarme ocho horas de sueño y otras dos para no dejar a ninguno con la boca cerrada, la verdad durmiendo cinco horas, todos me mandan cartas a la casa. Pero ese no es el caso, el caso es dormir.

Hace como siete meses, salía con Diego Buenaventura, un tipo que conocí porque alguien de la Universidad lo llevó a tomar un viernes al lugar donde solíamos estar sentados a final de clases. Ese mismo día me empezó a echar los perros y por un letargo, por un cansancio, dejé evolucionar las cosas. No es que me importara realmente, es que me daba sueño tener que decirle que no a nada. Salí con Diego esos meses y al final concluí que hubiese dado lo mismo irme a dormir todo el tiempo que pasé con él. Me gastaba helado, ropa, me llevaba a fiestas, me regalaba drogas, todo me lo daba Dieguito Buenaventura, pero a mí me aburría, me aburría tener que lidiar con esa ligereza de que un man todo se lo dé a una.

Diego me decía Kabrita, porque era loca y saltaba por todos lados. Cuando me iba a dormir, me mandaba un mensaje de texto que decía: “Descansa, Kabrita, que se te acaba el empuje”. De tanto decírmelo, me secó, ya nunca quiero salir de la casa, ni siquiera a jugarme dos monedas en las tragaperras que había en la tienda del parque. Me acostumbré a ver la vida pasar por la ventana, a tener una vida cuando caía en la almohada.

Un día Dieguito me invitó a un paseo con la gente de la Universidad. Era la finca en Mesa de Yeguas, que resultó ser de una vieja que detesté mucho tiempo en mis años de estudio. Le dije que sí, que no me importaba que Sandra Piedrahita fuese mi peor enemiga. Me daba tanto tedio decirle que no y figurarme viendo cómo las gotas cascaban el cristal de mi casa, que eché dos camisetas y un desodorante en una mochila, me puse unos shorts, ni siquiera me lavé el pelo y me fui a la tal finca. Durante el paseo me dormí muchas veces, de hecho me caí de un caballo y me partí un brazo, pero no me importó, me produjo placer poder dormir en el hospital sabiendo que nada más pasaba a mi alrededor. Todos estaban preocupados por mí y yo lo único que hice fue comer helado y ver Mujeres al Límite durante los varios días que duré en un hospital cerca a la finca.

Volvimos a Bogotá y Diego me dio lora sobre cómo me encontraba, me decía que yo estaba perdiéndome, que no tenía metas ni futuro. A mí me sigue importando un comino, como si valiera la pena hacer algo que no sea dormir. Le dije que se abriera, que no me jodiera más la vida. Estar en esa atmósfera de compromiso no me había dejado inhalar por completo los humos del sueño, en los que todo me seguía dando igual. Terminamos, nunca volví a saber nada de Dieguito ni de sus idas al centro comercial. Los días siguientes pensé que de pronto me volvía el empuje, que volvía a ser Kabrita saltarina.

Desde que terminé con Diego, mi vida se volvió un lastre para mí. No termino nada de lo que empiezo (aunque eso sucedía desde antes), me quedo dormida grandes periodos de tiempo en los que vivo sueños apasionantes, con manes que me gustan, con metas que me propuse antes de salir del colegio y sobre todo, sueño que tengo ganas de vivir. Al levantarme es una pesadilla, me siento como un roble bien atascado en el piso. Me sirvo el desayuno regando la mitad y dejando la otra mitad en el plato. Me baño cada dos o tres días, porque no me importa oler mal o que haya visita. Vivir se volvió un hábito cómodo en el que encuentro espacios para morir, solo por tiempo limitado.

 

Dedicado a Banana Yoshimoto que me enseñó a dormir.

A la tía Sabrina no le hubiese gustado Barcelona

La Mesa del Rincón- Los Tigres del Norte ft Andrés Calamaro

El domingo que me llamaron a decirme que la tía Sabrina se había muerto, estaba con Gilles jugando Xbox en la casa. No me dio tristeza, ya me había sentido lo suficientemente triste por haberla visto enfermarse durante los años y estaba más que preparado para que se fuera, si es que estar en una cama escurriendo compota de la boca todo el día no es estar ido. Colgué el teléfono y le pregunté a Gilles si quería acompañarme hasta La Florida para el sepelio y los trámites de la finca donde vivía la tía. Gilles accedió y empacamos un par de cosas en la maleta. Tuve que llamar a la oficina a decir que debía ausentarme un par de días, Gilles ni se molestó en hacerlo.

Durante el viaje en el carro estuve pensando en lo que una persona tirada en la cama sin facultad de poder masticar siquiera pensaría. Se me pasó por la cabeza que podía ser el estado máximo de reflexión, en el que uno ni siquiera tuviese que pensar en comprar el papel higiénico del baño o empacarle envueltos al tío Alberto que vino de visita al pueblo. Qué diablos pensaría la tía Sabrina? Saber que ninguna de las estupideces que se me pasaran por la cabeza iba a ser algo sensato para una viejita de 96 años que lo único que reclamaba era cuando le cambiaban Laura en América del televisor.

Llegamos a la vieja finca de la tía Sabrina y en la entrada estaban Samper y Torta, los dos viejos perros que tampoco mostraban señal de vida más que sus ojos recorriendo nuestras siluetas. Me agaché y los consentí a los dos, Gilles le tiene miedo a los perros así sean del tamaño de un ratón, así que ni se les acercó. Abrimos el portón de madera de la casa y me encontré con un tallado que decía “Daniela Boba” debajo de la chapa. Lo había hecho yo cuando tenía unos siete años en los días en los que jugaba con mi prima y los dos perros en el frente de la casa, corríamos como gacelitas jugando a los policías y ladrones y nos escondíamos debajo de la alberca para darnos picos. Sonreí y abrí la puerta.

Al entrar lo primero que vimos fue  la tía Deisy, una medio hermana de la tía Sabrina que tenía unos veinte años menos, sentada en la enorme mesa de centro del comedor. Nos sirvió a Gilles y a mí una taza de chocolate, achiras, almojábanas, pan aliñado, queso campesino y otras tantas cosas que al masticar me sabían a tablas de multiplicar. Le dijo a Gilles que parecía un muñeco y a mí me reprochó que estaba garrudo. Se sentó y sacó un papel en el que se encontraban las correspondencias de la herencia de la tía Sabrina. La parte que me tocaba a mí era básicamente toda la finca, una casona gigante y bastante mal cuidada. A mi prima Daniela le dejó un montón de cachivaches y a Gilles (que quería mucho, por cierto) le dejó una caja musical con la que siempre jugaba.

Después de hablar un rato con la tía Deisy, fuimos a la plaza del pueblo a comprar una sobrebarriga para preparar la comida. En la fama de Don Carlos nos dieron el pésame y nos regalaron una libra de mollejas que le encantaban a mi tía Sabrina. Cada lugar al que entramos a comprar la comida para el almuerzo, tenía una memoria con mi prima Daniela, con mi mamá o con mi tía Sabrina haciendo algo y siempre había una marca de que había estado allí, fuese una pegatina de Dragon Ball o un rayón, estaba cargado de recuerdos de las vacaciones que pasé en la florida.

Cuando fuimos al cementerio lo único que podía hacer era sonreír, tanto que Gilles me daba codazos de vez en cuando porque parecía un loco. Llegamos a la tumba la tía Sabrina y no encontramos más que regalitos que le puso la gente. El epitafio decía: “Sabrina, la mujer con la familia más grande del pueblo”. A pesar de que la tía Sabrina nunca se casó, ni tuvo hijos, cada persona del pueblo se volvía como un familiar para ella. Me agaché para limpiarle tierra que tenía sobre la tumba y susurré: “Tía, no me vaya a jalar las patas por odiar a Laura en América”

Lola- Pastora

 

Dos semanas después de la visita a la tía Sabrina en la Florida, tuve que hacer un viaje de negocios a Barcelona. Me empacaron a la directora de recursos humanos en el viaje, pues el contacto con el cliente que debíamos hacer lo había empezado Dolores y necesitábamos una reunión de empalme. Dolores es una de esas viejotas con las que nunca me metería. Mide 1,78, pelo negro, piel más o menos bronceada y ojos miel, es una traga hombres sin remedio y es más caprichosa que una mujer embarazada. No me molestaba compartir el viaje con Dolores, es una chica agradable y habla de cosas interesantes de vez en cuando.

No teníamos mucho tiempo para andar por Barcelona, pero ella ya se conocía la ciudad así que decidió tomar el liderazgo del grupo (que estaba comprendido básicamente por ella y yo). Nos fuimos de fiesta a un antro lindo de la ciudad, me pedía todo el tiempo que le tomara fotos con los tipos con los que bailaba, repartía cerveza y martinis por doquier. Agregaba a los tipos a Facebook, les daba piquitos, mejor dicho, era el alma desalmada de la fiesta. Nos fuimos al hotel los dos solos y como sabemos que no congeniamos como pareja ocasional, decidimos tomarnos unos vinos en mi habitación del hotel.

Al otro día salimos de la reunión de empalme a las diez de la mañana porque era una real tontería y nos fuimos de turistas por ahí. Dolores me pedía fotos en frente de todos los lugares en los que pasábamos, almorzábamos tapas y mucho vino y de nuevo nos íbamos a otro antro a repetir el ritual de la noche anterior. Esta vez Dolores se fue por su lado al hotel con un holandés. Yo me devolví al hotel solo riéndome un poco del mal provinciano que sufre Dolores buscando extranjeros a donde llega. Me tomé otra copa de vino y me metí en la cama.

Después del tercer día de rutina catalana ya estaba aburrido de bailar con la misma música que escucho cuando voy a comprar ropa al centro comercial. Lo único que quería era llegar a Bogotá a jugar Xbox con Gilles, ponerme unos tennis diferentes a los únicos que llevé y comerme un gofre de los que hace Gilles a veces por la mañana. El hecho de conquistar mujeres en Barcelona no me llamaba la atención, no hay peor ocasión para levantar que cuando uno se siente feo y me conformaba con ver a Dolores zarandear la retaguardia en los antros.

Feo- Fito & Fitipaldis

 

Llegar a Bogotá fue un alivio más que una tristeza, ver las cosas conocidas y volver a anclar en tierra donde los miedos de lo extranjero no me agobian. Quemé los tennis con los que me fui a Barcelona y me metí en la cama sin pensarlo dos veces. Al otro día me despertó la alarma del celular, me metí a bañar y me desayune con gofres de Gilles. Miré el celular y tenía un mensaje de Dolores preguntándome cómo había llegado.

Al llegar a la oficina, Dolores no paraba de hablarme, de contarle incómodamente a todos los compañeros de la oficina lo bien que la habíamos pasado en Barcelona y de jalarme el celular para mostrar sus fotos con todos los extranjeros con los que había bailado durante las cinco noches que duró la tortura criolla. Al fin creo que Dolores se dio cuenta que no me gustó mucho el teatrico y me devolvió el celular con sonrisa nerviosa. Toda esa semana me pidió que publicara en redes sociales sus fotos en frente de las atracciones turísticas de Barcelona, así fuese la vigésimo primera vez que subía una foto en frente de la misma obra. Terminé cerrando Facebook.

La pesadez con Dolores era darme cuenta que nunca un viaje iba a ser como los que hacía de chiquito con mi prima Daniela a la finca de la tía Sabrina. Que nunca más iba poder dejar huella en un lugar que visitase, así fuera un sticker de los Power Rangers, no iba a significar lo mismo. Lo máximo que podía hacer era tomarme fotos en frente de La Sagrada Familia y creyendo que así marcaría un hito en la historia familiar.

Menos mal la tía Sabrina nunca salió del país, creo que no le hubiese gustado que aquí y en la Conchinchina, el chocolate con queso son mejores que los besos de europeo.

Gossip Boy

Mangui- El Ultimo Ke Zierre

 

En el colegio escuchaba mucho Eskorbuto, Envidia Kotxina, Las Vulpess y demás grupos de punk español que me hacían saltar sobre el pupitre y patearle la cartuchera a Vicente Gaitán. Salía a los parques de Cedritos con mis amigos y tomábamos Chin-Chin hasta vomitarnos, amaneciendo al otro día en la casa de alguna vieja que conocimos la noche anterior con un guayabo de mierda y la ropa llena de trago y vómito.

 

Me acuerdo mucho de nuestra banda, se llamaba “Palomino hijueputa” porque el director del colegio se llama Palomino y se la pasaba diciéndonos a mis amigos y a mí que nos cortáramos el pelo, que nos quitáramos esas mechas de degenerados que teníamos. La venganza dulce era ponerle pedos de bruja a quemar en la oficina, nada más dulce que ver al chancho ese salir con la nariz tapada y vociferando que nos echaran de inmediato.

 

Hoy soy un empresario que viaja cada ocho o quince días a algún lugar muy bonito del mundo y que tiene en su i-Pod varias canciones de punk con las que cabeceo en los aviones a ratos. Me da un poco de amargura pensar que después de escupirle a los carros bonitos que pasaban por los puentes, esos escupitajos le caen al parabrisas del Z-4 que ahora conduzco.

 

Me volví un debilucho que no lucha por nada, como cenas de microondas con Gilles las noches en las que no salgo de casanova donde las historias sobre el punk se convierten en un motivo para que las mujeres se dejen pasar la mano debajo de la falda, en vez de un estilo de vida como en ese entonces solía pensar.

 

Hoy postrado sobre mi cama pasando el guayabo de Johnnie Walker, no de Chin-Chin, me recuerdo que mis miedos me hicieron una zancadilla y que ahora trabajo junto al sobrino de Palomino en una oficina donde lo más revolucionario de lo que se habla es de Chaos to Couture.

 

Netsky- Puppy

 

El otro día vi a Gilles escuchando Netsky en la sala del apartamento y brincando como si nada. Me dio un poco de ira que a pesar de que yo todos los días llego apaleado por la vida, el muy simpático solo trabaje 8 horas y llegue a comer gofres y saltar en los sofás de la sala. Me saludó cuando me vio entrar y yo le sonreí con cara de hijueputa y le hice pistola. Entré al cuarto y prendí el televisor con las noticias.

 

Gilles entró a mi cuarto y me preguntó que qué me pasaba, que por qué estaba de mal humor. Le conté que me sentía como lo que nunca hubiese querido ser, que en medio de todo me generaba inseguridad tener tan asegurada la vida y que lo único que me pueda pasar fuera morirme. Gilles se me sonrió y me dijo que todos llevamos un lastre siempre, unos más pendejos que otros, pero que la única manera de saberlos llevar es sabotearse a sí mismo. Me dijo que por eso él saltaba en los sofás del apartamento escuchando música belga, sabiendo que podría estar borracho en una taberna en Bélgica y siendo cómodamente quien es.

 

Gilles se vino a Bogotá detrás de una paisa que conoció porque fue a Bélgica en unas vacaciones, Gilles nació en Francia y vivió mucho tiempo allá, pero sus padres son belgas y la última parte de su vida en Europa la vivió allá en su casa. Nunca consiguió un buen empleo y se dedicó toda su vida a escuchar drum and bass y emborracharse diariamente. Sus padres lo dejaron beber por primera vez a los once años y así se volvió alcohólico. Cuando llegó a Bogotá, consiguió un trabajo en la empresa donde yo trabajo y nos conocimos hablando en los pasillos de la oficina.

 

La vida se le volvió un poco aburrida, pasó de beber siete jarras de dos litros de cerveza a la semana a tomarse dos pastillas de rodacután diarias para quitarse el acné. No se droga ni va a fiestas de drum and bass, no tiene novia porque la paisa por la que se vino detrás se casó con un emprendedor que tiene una empresa de pasteles.

 

Después de que me dijo eso me quité la corbata, hice palomitas de microondas y me senté a ver La Princesa y el Sapo con Gilles en la sala, comimos gofres y escuchamos otro rato drum and bass. Al otro día no fui a la oficina.

 

Dyed in the Wool- Circa Survive

 

La mañana siguiente Gilles hizo pancakes de arándano con chocolisto, nos sentamos en la mesa del comedor (cosa que pocas veces sucede) y hablamos tendidamente sobre los trabajos, las mujeres y otras cosas que no importan mucho en nuestras vidas. Gilles sacó un álbum de fotos de la estantería y me empezó a mostrar cómo era cuando vivía en París.

 

Me serví una copita de amaretto y me dediqué a ver El Precio es Correcto mientras revisaba los correos de la gente de la empresa histérica porque no había ido a trabajar. Me reía mientras me imaginaba a Alfredo Solano haciendo escándalo porque no había cumplido con el horario de trabajo, yo sabía que no me iban a echar, pero que me iba a costar más de una quedada hasta las diez en la oficina. No me importó.

 

En medio de todo creo que la adultez me ha llegado como un buitre que llega sobre el espíritu de la gente moribunda, se me comió la juventud y esos momentos en los que me podía reír de mí mismo y adivinar el precio de la aspiradora Black and Decker con cabina de agua para que el polvo no se salga, se convirtieron en mi redención muchas veces, en el Chin-Chin de mi alma aplastada por los aviones y los tacones.

 

Salí a caminar cerca de la casa y fui a un centro comercial, me metí al éxito y cogí un carrito de mercado. Empecé a echar cuanta cosa se me ocurría y a hacer como si todo lo que había puesto en el carrito me lo fuese a llevar. Dejé el carrito botado en una esquina, fui a Popsy y me comí un helado. Al llegar no había nadie en la casa, me recosté sobre la cama y escuchando La Polla en el i-Pod me puse a llorar pensando en la basura de vida que llevaba, como si ser un Gossip Boy fuera una gran gloria.

Lea Thompson

Bipolar – Blonde Redhead

 

Llegando un día a casa borracho vi a Gilles despierto en el sofá mirando hacia el cielo. Me le senté al lado del sofá y le pregunté que no se había dormido, si sabía que al otro día era un miércoles como cualquier otro. Gilles me dijo que estaba pensando en una mujer, pero no una en específico, si no la mujer que construyó desde niño en su cabeza para poder direccionar su sentido reproductivo. No le pude entender casi y me fui a dormir con toda la rasca encima.

 

Al otro día me levanté pensando a medias lo que le había podido entender a Gilles esa noche, a medias por la resaca que no me dejaba de tronar la cabeza. Me senté con el vaso de bonfiest en la sala y abrí los pocos cuadernos que había guardado del bachillerato y la Universidad. Apenas sacaba una libreta se desparramaba un montón de papelitos y noticas de las novias con las que había aprendido que 1+1=tetas.

 

Me llamó mucho la atención sobre todo uno (tal vez porque fue de los pocos que no me dio pena re-leer), un papel medio verdoso con letra delicada de mujer loca. El nombre era Lea Thompson, y me acuerdo de cómo olía porque el papel aún guardaba un poco de ese olor mugriento de gringa.

 

El amor de mi infancia fue Avril Lavigne. Ponía posters en la puerta de mi habitación y me hacía la paja mirándolos cuando apenas cogía conciencia de lo que representaría ese acto en mi vida más tardía. Más allá de cualquier cosa, el aspecto físico de esa mujer encarnó todos mis deseos de vida, refiriéndome a una parte más visual que cualquier otra cosa. Me gustaba el maquillaje oscuro que tenía y el tamaño del sostén también era generoso.

 

Lea Thompson me recordaba ese poster, con dos diferencias claras: La primera era que el poster no se quitaría de ahí, a menos de que yo lo quisiera. La segunda era que no contaba con la personalidad con la que fuera la mujer impresa sobre ese papel lleno de piquitos puestos con el dedo. Lo demás me lo recordaba porque era una gringa que había dado a parar en mi vida por meras casualidades tontas, y con la que terminé metiéndome hasta las patas, eso sin contar que dejé un pedazo de la adolescencia enterrada entre sus nalgas.

 

Me arreglé para salir porque ese día me vería con una vieja amiga del colegio, que por cierto no frecuentaba mucho porque era de ese tipo de relaciones que un día son buenas pero sostenerlas se vuelve un terremoto.  Nos vimos en una cafetería en el Oma de la 93 y hablamos un rato, me costaba mucho ponerle atención a lo que decía porque me la pasé pensando en qué sería de Lea Thompson en ese preciso instante. Le dije que sentía mucho que nos tuviésemos que ver tan poco, que había disfrutado mucho de su compañía así no haya sido de esa manera, y me fui a la casa a seguir escudriñando en los papeles que había en ese cajón.

 

Después de revisar un rato los papeles me puse a arreglar la valija para el viaje que tenía que hacer el día siguiente a Singapur, pues había un contacto de la empresa que debía ver allá. Metí mucha ropa para la zona tórrida y ninguna media para no levantar sospecha de rolo (aunque a los Malayos qué diablos les va a importar que sea rolo). La sensación esa insoportable que tenía de que Lea Thompson estaba presente me pudo, y decidí llamarle al número que recordé de ella: Me dijeron que ya no vivía ahí y que no tenían un número de su nueva casa.

 

What is This Thing Called Love- Clifford Brown

 

El vaivén de Singapur me gusta, me hace marear el bochorno tropical pero siento que soy un hombre importante sobre todo cuando después de reunirme con la persona con la que me debo reunir me quito el pantalón y ando en shorts, corbata, camisa y portafolio. Me siento en algún antro bien feo a mirar pasar la gente, me tomo un café irlandés y escucho los pasos de las personas pisotear sobre el suelo de afuera.

 

Llego al hotel y no me animo a salir, me quedo en la habitación arreglando la ropa del día que viene y escuchando Jazz. El gusto adquirido por el jazz viene de una amiga de infancia, nos conocimos en quinto de primaria, la muy rara se llama Luisa Pretelt y si en ese momento hubiese sabido que iba a estar la mitad de linda de lo que ahora está, seguramente no hubiese dejado que se casara con un militar. Nos sentábamos en los descansos con el mp3 que me habían regalado mis papás y escuchábamos toneladas de Jazz.

 

Luisa sacaba la música de la estantería de su padre, lo pasaba del CD al computador y nos dejábamos las cabezas en el descanso reposando la una sobre la otra dándole libertad al cepillo de la batería de Max Roach para que  nos pusiera a sentirnos como en una película de Jacques Tati. Me cogía la mano y me decía que me iba a amar por siempre, que toda la vida íbamos a ser novios y que nunca nadie nos quitaría ni el Jazz ni  el amor.  A mí no me hacía gracia porque era bastante fea para ese entonces, pero probablemente el amor de Luisa siga ahí, sobre todo cuando nos emborrachamos las veces que nos vemos y escuchamos a Diana Krall en el piso de su cocina muertos de la risa.

 

Me tomé un vaso de whisky helado y me tiré sobre la cama a dormir. Soñé con Luisa ese día. Soñé que estábamos ella y yo sentados en el patio de recreo escuchando a Fats Waller y bailando como en un círculo donde nadie nos veía, como empujados hacia adentro por una reja de música.

 

Se me fue volando el viaje a Singapur, probablemente porque no comí nada que me dejase postrado en el baño durante horas, y porque estuve recordando mucho a Luisa. De seguro cuando llegase a Bogotá le daría una llamada y nos veríamos para emborracharnos como nos encanta hacer en su apartamento de divorciada.

 

Rosemary- Deftones

20 días después de mi llegada a Bogotá de Singapur, un amigo del colegio me llamó a decirme que Lea Thompson se había suicidado en las torres del parque. Que me llamaba para avisarme los asuntos del funeral y la velación y esas cosas. Durante la llamada me estuve tranquilo, era un Domingo, pero apenas tiré el teléfono salí corriendo sobre el hombro de Gilles a llorar como una señorita.

 

Le conté a Gilles toda mi historia con Lea Thompson y también tiró un par de lágrimas, aunque Gilles lloró viendo 500 Days of Summer, así que sus lágrimas no valen. Pero me ayudó mucho en los días que siguieron. Estuve abatido, como si me hubiesen matado a mí. Me quedaba horas bajo del agua helada de la ducha pensando en las veces que Lea y yo nos habíamos besado bajo  la lluvia, como un par de adolescentes tontos que nunca habían conocido los sueños en vida de otra persona.

 

Me puse mi mejor traje, no era negro, pero sentía que a Lea no le hubiese gustado que fuera a su despedida como un pegote de tinta negra siendo un monigote más. De hecho mi traje era azul, azul Yves Klein. Lo compré pensando en Lea, porque sabía que le gustaba mucho y que ya habíamos hablado de Yves Klein (ella lo odiaba). Llegué al funeral con Gilles y me mostré fuerte y atento durante toda la ceremonia. Vi a su madre hecha trizas sobre el ataúd pidiéndole perdón por no-sé-qué-cosas.

 

Veía la cara de la gente que estaba allí y sabía que de un modo u otro odiaban a Lea por haberles jodido la vida en algún momento, por haberse dejado tocar de su apéndice imaginario que hacía que todo se viviese como un sueño. Ese día el sueño se acababa y entraba la pesadez del despertar a medida que el cuerpo era bajado por el hoyo.

 

Llegamos a casa con Gilles, y le pregunté  si recordaba aquella noche que no podía dormir pensando en las mujeres que uno se configuraba en la cabeza para así entender qué era lo que quería de su vida. Me respondió que nunca logró formarla bien, que a pesar de todo no sabía si aún tenía esa imagen en su cabeza. Yo por mi parte le dije que Lea había sido lo que siempre soñé de niño, de adulto y seguramente de viejo, pero que estar los dos nos causaba tanta pena moral mutua, que decidimos nunca más volver a soñar con algo que uno mismo es, que en parte es esa persona que se configura dentro de la mente.

 

Bestia- Hello Seahorse

 

Has estado en un desierto, Lea?

Yo tampoco, pero imagino que debe ser como pasar la lengua sobre tu espalda. Sentir que está completamente seco, tan fría en las noches y lleno de dunas curvadas donde uno se resbala, lleno de accidentes tan suaves al aterrizar.

 

Tu cabello rubio rubísimo es el sol, y no me despego de él para que no me dé frío pero yo sé que de andar pegado te vas a apagar, Lea.

 

Y no quiero, no quiero ver que me dejas entre las tinieblas del desierto, de lo que creí eran las dunas donde siempre iba a dormir con el frío de la noche y el sol de invierno que no abandona.

 

Con la mirada de tus ojos claros a medianoche no se juega, porque da miedo nunca más volverlos a ver.

 

Tengo miedo de haberte encontrado, Lea, porque creo que nunca más te volveré a encontrar. Ahora que sabes que te dejo, déjame una nota en ese papel verde sucio si estás enojada, con palabras de odio para que me duela por siempre.

 

Las maletas.

Una vez llegando de un viaje a España Gilles me preguntó por qué me aburría tanto tener que hacer y deshacer maletas. Yo no supe responderle en ese momento, le hice una mueca fea y me encogí de hombros, pero no le supe responder.

 

Ese viaje había durado diez días, había pasado a dejarle un par de cosas a un ex-compañero de trabajo que me las había pedido desde hace rato porque le hacía falta la tierrita. Llevaba en la maleta dos paquetes grandes de Chocorramo, Gansitos, Tostacos, en fin, de esas exoticidades Colombianas que se extrañan cuando se vive lejos. Mi ex-compañero se llama Francisco, y trabaja para una firma de Abogados en Madrid.

 

Tiene una hija que se llama Melissa y su mujer se llama Ana María, es un tipo raro: Calvo, regordete con gafas, le interesa poco el arte y la literatura, le gusta el fútbol y cada que juega Colombia se pone la tricolor, bueno esas cosas de un tipo clichesudo. Su mujer Ana María es una amazona de casi dos metros, esbelta, con una sonrisa encantadora, le gustan las antigüedades, le atrae el arte aunque no se sale de Botero, dice que su marido es un insensible (cuesta creer que no se casó por interés, pero qué interés le verá a Francisco). Melissa es una niña tonta, es fea como su papá y malcriada a morir, no me la soporto.

 

La verdad es que más que ex-compañero, Francisco es un amigo de la familia, es de hecho el hermano de la novia de un amigo. Sin querer me he vuelto cercano al tipo, me cuenta de sus vagabunderías, que se la pasa dándole paseos a las señoritas españolas, que se gasta el dinero por cantidades, no le creo una palabra pero me divierte ver cómo se traga sus mentiras.

 

En esas charlas de automóvil Francisco una vez me contó de una mujer de 50 años con la que se involucró después de ir a apostarle a los caballos. Decía que era una española acabada por la vida, que no veía más sentido en ella que gastarse la plata en las apuestas y en licor. Me dijo que salieron durante dos meses y que fue el peor sexo de su vida, que disfrutaba más de su compañía que de los placeres mundanos que habían en ella.

 

Francisco es un desagradable y todo, pero hace sus comentarios jocosos, a veces pienso que tiene madera de escritor o de artista, le voy a comprar la colección de Bob Ross en español para sentirme responsable de al menos un suceso importante en el mundo. En medio de todo es un buen tipo, siempre que voy a España me ofrece su casa, no debería quejarme tanto.

 

El motivo por el que viajé también estaba ligado a negocios, pero era cosa de un día, extendí el viaje pare hacer valer la pena el boleto a la empresa. Tenía que verme con la asesora comercial de otra empresa a la que habíamos contactado para unas asesorías en seguridad industrial, una vieja rancia con la que me tomé un vino y firmé el papel, después de eso se volvió una agradable italiana con la que terminé hablando de cine por la calle ebrio.

 

Se llamaba Chiara, tenía algo así como 26 años y no veía el motivo por el cuál no pudiese estar en pasarela, tal vez demasiado ímpetu. Vivía sola en las afueras de Burdeos y era soltera. Me dijo que le gustaba mucho ir a España, que el carácter fuerte de los españoles le agradaba y que siempre la pasaba muy bien. No era una mujer estúpida a pesar de que se comportara como un gancho de ropa, hacía comentarios simpáticos de vez en cuando y bailaba muy bien según me decía.

 

Después de una sesión de conocimiento profundo en la habitación del hotel con la mujer italiana, me devolví a casa de Francisco que me abrió alegre a pesar del tufo a vino que llevaba y la cara de resaca. Me sirvió unos huevos revueltos y un vaso de Milo. Ahí me di cuenta que no había reparado en abrir la maleta y sacar sus cosas el gordazo, no me molesto ni siquiera un poco, yo ya sabía que lo iba a hacer. Charlamos un rato durante el desayuno, el trabajo, los horarios, todas las cosas de las que habla la gente para disimular que no hay nada de qué hablar.

 

Los siguientes días salí a caminar por ahí, me pegaba a las vitrinas, iba a los museos, le hablaba a las españolas, unas me rechazaban y otras me anotaban sus números de teléfono, iba a los centros comerciales, compraba tonterías para mi hermana, para mi papá, imanes plásticos, en fin. Me devolvía de noche a la casa de Francisco a repetir la rutina, hablábamos de las tetas en la tele, de las ofertas de verano y al acabar la cerveza nos íbamos a dormir.

 

Así pasaron los días en España. No conocí a nadie extraordinario, alguno que otro comentario suspicaz pero nada del otro mundo. No vi obras que me cambiaran la vida, ni cine que me perturbara los días. No me sentí abrumado por la arquitectura, no comí nada extraordinario. Nada de lo que Anthony Bourdain muestra en su show lo viví en ese viaje. Lo único lindo que me quedó fue un vaso del Real Madrid que me regaló Francisco,.

 

Al volver me sentí feliz de que Gilles me recibiera en el aeropuerto y que nos fuéramos a su casa a contarnos lo que había sucedido. Me hacía falta el franchute, hala cosas divertidas y su ego parisino se ha ido aplastando con el pasar de los trancones por la 68. Me comentó que todo andaba como de costumbre, que nada extraordinario había sucedido y extrañamente yo le conté lo mismo, entonces me formuló la pregunta de los viajes. Me dijo que se moría por viajar a cualquier lado, a París a hacer sus cosas de francés e incluso mencionó la idea de volver a Melgar donde mi prima Alicia que le había dado besos en una borrachera.

 

A los quince días de mi regreso a Bogotá de Madrid tuve que volver a viajar a Nueva York en aras de negocios también. Esta vez no me iba a quedar en donde alguien conocido, iba a quedarme en un hotel pagado por la empresa. Haciendo la maleta me veía como en un ciclo sucio, era un engaño el hecho de que viajar hiciera mi trabajo menos monótono, echar cosas en la maleta, ir al aeropuerto, llegar al hotel.

 

Cuando llegué al hotel seguía pensando en lo mismo, que seguramente el día siguiente me vería con la directora ejecutiva de otra empresa, que firmaríamos o no otro contrato y que me devolvería al hotel con o sin ella.

 

Para sorpresa mía la persona con la que me vi ese día era una Colombiana que casualmente estaba de paso por Nueva York también, no era muy agraciada que digamos pero hablaba con empuje, me gustaban sus expresiones. Comimos en un restaurante italiano para cerrar el contrato y después fuimos por dos vasos de whisky. Terminamos yendo al hotel.

 

Al otro día hablando entre sábanas Claudia me comentó que vivía en Cali, que tenía un novio hace 5 años y que se iban a casar. Apenas empecé a correr la mano de su pierna me la sostuvo con fuerza sobre el abdomen y me dijo que no había problema, que estaba acostumbrada a hacer esas cosas. También me contó que se estaba quedando con su cuñada en Nueva York y que solo estaría siete días, me preguntó que qué me recomendaba para hacer mientras estaba allá pues siempre iba con su novio. Le dije que fuera a vitrinear, que uno se encontraba gente interesante a ratos.

 

Pasé lo que me quedaba de tiempo en Nueva York con Claudia, íbamos a museos, andábamos por ahí y le conté de mi amigo Gilles, que probablemente le gustaría pues me había descrito a su hombre ideal. Era gracioso como divagaba sobre un hombre que no existe mientras su esposo preparaba las cosas para la boda en Cali. Y así se pasaron los días en Nueva York con Claudia, igual que los que pasé en Madrid con otra Colombiana que decía bobadas igual que yo.

 

Gilles me recogió de nuevo en el aeropuerto y fuimos a almorzar a un restaurante que quedaba en La Candelaria. Hablamos un rato de todo y le di el teléfono de Claudia, me dijo que nunca saldría con una mujer casada y menos si era caleña (Desde que los conoce los detesta, por algún extraño motivo). Le dije que ya sabía por qué odiaba tanto los viajes, que no me gustaba viajar porque la vida era igual en todos lados y recordármelo me daba malestar. Fuese en Madrid, en Londres o en París siempre buscaba las mismas cosas, ya no me cuestionaba sobre las obras que veía en los museos o las mujeres que conocía, en todos lados todo el mundo se comporta igual incluyéndome, solo consumo el momento porque no tengo una mejor manera de pasar la vida. Siempre que llego a Bogotá tenía un compartimento atiborrado de chocolates para la melancolía que me produce volver a ver lo mismo aquí y allá. Las mismas caras, los mismos gestos. Incluso le dije a Gilles que lo único que me gustaba de viajar era el avión porque era la manera más útil de perder tiempo.