Etiquetas

, , , ,

Son como las cinco de la mañana, no, como no. Son las cinco. Yo mismo puse la alarma anoche, cuando por última vez me dijo que la diferencia era de doce horas. Entonces me levanto y prendo la pantalla del computador, porque sigue encendido, mucho más que yo. Me rasco los ojos un poco atolondrado. Dormí dos horas. Voy a la ventana y con el Sharpie que hay encima de la mesa de noche, dibujo una estrella como las de Mario Bros en la ventana, con ojitos y todo. Voy a la pantalla y reviso si ha llegado algo, pero no. Me devuelvo a la ventana y empiezo a contar estrellas, mientras se alza la luz amarillenta que taja el cielo en dos, doce, trece, catorce y en el computador no ha pasado nada, no hay mensaje, no hay nada. Me recuesto sobre la cama un momento, tratando de no perder de vista la pantalla del computador.

Me despierto molesto, como con un mono colgado del hombro y miro el reloj. Son las doce ¡SON LAS DOCE! Me apresuro a mirar la pantalla del computador y lo único que puedo ver es:

-¿Cielo?

-¿Estás?

– No te despertaste 😦

– Te quiero, me voy a clase.

Último mensaje enviado a las 5:17.

Maldita sea, me quedé dormido. Ahora me voy a tener que pasar todo el cochino día con la astilla en el corazón de que no fui capaz de levantar la cabeza a más de 9,9 metros sobre segundo cuadrado, para decirle que la extraño. Que extraño ver esas letras que usa para decirme que me quiere ver ya, que si estuviera acá y hubiese terminado con Camilo todo habría podido ser distinto. Y yo sé que no, que no habrían terminado, que soy un resorte en donde está dejando que el corazón salte una y otra vez, observando el amanecer, mientras el uno sueña con la presencia del otro.

Me siento en el computador y empiezo a escribir:

-¿Sabes? Esto es una sensación tan horrible, como placentera. Porque lo único que tengo para ver de ti son esas curvas de las eses cuando escribes mi nombre y lo lindo que tus palabras se comportan. Y tal vez solo me quieres porque te dedico el tiempo que nadie te dedica, por estar allá. Pero así soy yo, que no me saco las ideas de la cabeza y aún así, sé que no eres una idea. Sé que estamos enlazados por algo más profundo que los 1080 x720 pixeles que nos separan. Un lazo tan largo que sobre él caminan los marineros de ese Atlántico que nos separa, los peces, las focas, los tiburones, tu ex, tus amigos, todo lo tuyo y se estrella contra mi corazón, que está hecho de espuma de colchón.

Lo selecciono todo y lo borro, escribo:

-Lo siento cielo, me quedé dormido después de levantarme.

Me paro de la cama y bajo a la cocina a hacerme el desayuno, ninguno de mis papás está porque se fueron a trabajar. No hay nadie en la casa, excepto yo y la señora del aseo que me pregunta qué quiero de comer ¿Qué querrá que le responda? No entiende que yo lo único que quiero probar es algo que me sepa a la lengua de Sara, pero ella no entiende, está más allá de sus mundanos intereses. Y yo estoy tan más acá de los intereses amorosos, que dejo que me mate la distancia de a pocos, que no como nada, porque todo me sabe a Bogotá en vacaciones y yo lo único que quiero es que me sepa a arena y a mezquita con rezo a las 5 de la mañana, a una colombiana llorando en su almohada porque ha dejado la mitad de sí en otro lugar.

Subo la comida, la arrastro en el plato de un lado a otro, y hago como si hubiera comido, voy al baño y me odio un poco: por ser quien soy, por no estar al otro lado. Cierro los ojos y pego la nariz al vidrio, lamo el espejo como si estuviera besándola, pongo las manos sobre el vidrio también y me veo a mí frente a ella, mordiéndole el cuello como un vampiro chupa vida que le quita sus negras penas del corazón.

– Hola, cielo. Llegué de clase.

– Hola, te pensé mucho.

– Yo también, no logro sacarme la idea de la cabeza que tú estás allá y yo acá.

-Tú sabes que te voy a esperar, que te voy a esperar con paciencia.

Y así transcurren las conversaciones, redundando en la misma idea, siendo testigos de la vida del otro que transcurre como un reloj de arena, con el tiempo del lado del otro siempre, opuestos, unidos por una estrecha línea que cambia de dirección constantemente.

-Este fin de semana me voy de paseo con mi familia, Sara.

– 😦

-Yo sé.

-¿Y entonces hablamos hasta el lunes?

-Sí, eso creo.

Cada pasaje de la carretera se vuelve lindo, se vuelve merecedor de una línea, se vuelve una clave para entender por qué la gente enamorada escribe, pinta y esculpe, y al tiempo, se vuelve un martirio, una corriente de aire que me sofoca por la imposibilidad de agarrarla con las manos y destrozarle la tela que la cubre. Empiezo a contar los postes de la carretera, uno, dos, tres, veinte, sesentaydos, Sara no va a llegar.

-Hola, volví anoche.

-Te extrañé mucho, no tenía con quién hablar.

-Me tienes todo.

Estoy harto de la redundancia del idioma. De decir las veces que la quiero ver, que cuento las horas, que cuento los días, los postes, los pastos, las siluetas de las nubes, los cuadritos de los cuadernos. Han pasado 155 días desde que le dije que iba a empezar a esperar y a contar la espera. Desde ese entonces han pasado dos gripas, dos insuficientes en exámenes de matemáticas, una visita a la casa de la abuela Teresa y dos dejadas de la ruta en la mañana. Tantas cosas he contado, que he mejorado mi habilidad aritmética y puedo contar muy rápido ahora, como: Undostrescuatrocincoseis, más rápido que nadie, pero la paciencia no me ha crecido y me empiezo a jalar el pelo, a comerme las uñas, a tener insomnio, a hacer rutinas venenosas.

-Ya casi nos vemos, cielo.

-Sí, no falta nada. Estoy muy feliz de vernos.

-Ha pasado mucho tiempo ya, no puedo creer que me hayas esperado.

-Siempre te lo dije.

Ahora salir con mis amigos es salir con ella, pero espiritualmente. Porque su presencia no existe, no al menos acá y ahora. Siempre ando dubitativo, siempre hablo con alguien más, pero no está y ellos me reclaman por no ponerles atención. Me siento con alguien en las piernas, pero ese alguien está dormido. Salgo por las madrugadas, a ver la luna, imaginando cómo poder dejarle un testigo para que cuando ella la vea, me piense, que sepa que tengo un altar donde reposan sus e-mails, donde cada estrella que le pinté se convierte en una luz de vela alrededor de sus ojos que nunca he visto. Ella sabe todo de mí, sabe quién soy, sabe qué hago, sabe cuándo lo hago, pero no conoce mis labios, no sabe cómo es mi cuerpo. No tiene ni idea que tengo gorditos en la panza, que probablemente su ex no tenía y al fin y al cabo ¿Eso qué importa? Si conoce mis palabras que son lo que pienso. El amor no puede ir más allá, porque de ser así, habría estado enamorado de una redacción, de un párrafo y una fuente, habría estado enamorado de la edición de la personalidad de alguien.

-¡¡¡¡Mañana llego!!!!

-Ya lo sé, cielo. No imaginas cómo estoy, me quedé calvo y todo.

-Tan bobo, no digas eso que te quiero pasar las manos sobre el pelo.

-Mañana vas a poder, te recojo en el aeropuerto.

-¿No tienes clase?

-Sí, pero si capo un día no pasa nada.

Hoy nos vimos por primera vez, vino a Bogotá de visita. Es más alta que yo y estuvimos juntos por dos horas, me dijo que se tenía que ver con su familia porque hace mucho no estaban juntos. Tengo la sensación de que no me va a llamar, ni a contestar e-mails, ni nada, tengo esa sensación de fracaso que uno tiene cuando le va mal en un examen, pero no se desborda hasta que llega el boletín. Pero lo voy a esconder, el boletín, hasta que pueda que no importe que haya reprobado el año escolar. Ya borré las estrellas de mi ventana.

Anuncios