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Hubo el tropipop y la oleada de las bandas punk en los colegios, hubo el ska, el reggae, hubo el emo, de cada una puedo dar un ejemplo: Sombrero vueltiao le hizo una canción al guaro, Briako le hizo una canción a la sirena y por ahí fue D-formes y Ratón Pérez haciendo berriditos amables. No me aíslo, la verdad, también estuve en una banda del colegio donde tocábamos La Fuga y Marea, en la que en una presentación se me olvidaron las letras e hice el oso. Lo de menos es desmarcarse, en realidad, la excusa para escribir esto hoy es que siempre hemos estado en un ciclo de reciclar el reciclaje que poquitas veces se rompe, muy pocas, de formas muy pequeñas.

Voy a empezar con un pasaje de mi historia personal: Hace unos tantos años, cuando tenía algo así como 16 o 17, empecé a frecuentar un sitio que se llamaba Piso 3. No sé si ése era su nombre, o simplemente así se denominó porque quedaba en el tercer piso de la casa cultural del salmón. Allí, donde muchos de los adolescentes de la época empezamos nuestra vida nocturna de la movida electrónica, empecé a notar un fenómeno que menos que raro, es muy común en estas tierras del neoliberalismo indigenista y la sociedad de consumo a medias. Piso 3 era un sitio especializado en Drum and Bass y Hard Techno, géneros que iniciaron en Inglaterra hace unos 20 años, más o menos, y que no sé realmente en qué momento empezó a pegar acá en Bogotá. No es por perder el rigor investigativo, es porque si había fiestas –underground- de ese tipo en Bogotá, pasados diez años, no debía ser una coincidencia con lo que encontramos actualmente.

Este fenómeno sigue sucediendo hoy en día, pues cuando a más de DOS DÉCADAS en el mundo, el techno y el house se empezaron a volver una movida, por así decirlo comercial, sobre todo en Bogotá (aunque no excluyo a las demás regiones de Colombia). Para qué me pongo a decir nombres, nadie quiere caer en ese juego de tenis de echarle el agua sucia a los otros, en últimas los que lo realizan es lo perecedero y el espíritu de fusilar a horas tardías es lo perdurará por los siglos de los siglos. Además tenemos muchos ejemplos hoy en día: Basta con ir a la 85 o al centro desde la calle 45 y uno se va a encontrar con todo tipo de antros. Hay los feos, los bonitos, los caros, los baratos, los de moda, los tradicionales, y francamente, lo de menos es la calaña del sitio, porque si ustedes se fijan todos tienen techo de teja de aluminio (algunas más decoradas que otras).

Todos estos lugares de rumba adolescente/adulta joven/adulta trasnochada han adquirido un pico de fama tan alto, que ahora uno no se queja porque en Bogotá no traen gente, sino por lo imposible que es salir un viernes a ver la gente que a uno le gusta. Dejo ejemplos: Cuando vino Matador a Bogotá, me abstuve de ir porque sabía que al sitio no le iba a caber una paloma. Así fue, y tuve la fortuna de viajar a Cali por esos días, trayendo conmigo la suerte de que Matador se presentaría allá también. El problema es que costaba 70.000 pesos, que para un DJ set me parece una vaina exageradísima. Incluso si fuese un live set, no creo justificable pagar cada 8 días de 50.000 a 150.000 pesos (que fue lo que cobraron cuando vino Dixon, a hacer un DJ set para el cumpleaños de uno de estos bares) para que uno pueda ver a sus artistas favoritos. Si dijéramos que usted se gasta 50.000 pesos semanales, durante todas las semanas del año, ya podría estar haciendo lo de un tiquete para ir a Miami, en donde la entrada para ver a un artista de la talla de The Martinez Brothers, le sale por algo como 10 dólares , y así sucesivamente. No es que allá sea mejor, es que de paso se puede dar un paseo y pagar una suma más razonable.

Después de esta introducción larga, he de decir que he llegado a una conclusión del por qué del sobrecosto en los precios de entretenimiento en las principales ciudades colombianas, esto enfocado hacia el ámbito de la electrónica: Es puro arribismo. Póngase a pensarlo, desde que Berghain se volvió como el Andrés Carne de Res internacional, la gente está aprendiendo a hablar alemán y se quiere ir a estudiar a Berlín, para limpiarse la raza con un germano que no sepa bailar salsa. El otro día SoHo sacó un artículo sobre lo simple que es la experiencia de uno de estos bares y los comentarios de odio (escritos en alemán por gente de apellido García, Herrera, Sandoval) no se hicieron esperar, argumentando que la prensa no sabía lo exclusivo e importante que era que Bogotá tuviera estas experiencias sobrevaloradas.

El núcleo principal por el que he decidido escribir esto, es por el entendimiento que le damos a la palabra Kitsch, que por allá, también en los noventas, Martín de Francisco y Santiago Moure se atrevieron a denominar como “Una corronchería play”, o algo así. Resulta que en Colombia se le dio esta connotación, a todos los fenómenos que traían algún aire de lechona, morcilla, currulao, carrera décima a las dos de la tarde, San Pedro, Madre Laura, Y péguese la rodadita, ect.

Hoy quiero decirles, que esto no es más que una ilusión, el Kitsch no se desprende de qué tan campesino sea un fenómeno, el Kitsch se desprende de la naturaleza sabandija y copiona que el fenómeno tenga. No es porque yo lo diga, no, es porque el que se inventó el término así lo dijo, un señorito muy jarto del arte que se llama Clement Greenberg. No me voy a poner a citarlo, porque qué tedio, nadie lee citas, lo que quiero hacer en realidad es una traducción a lo que el man denominó como Kitsch: Cualquier fenómeno que se aproveche de un momento comercial y lo explote poco genuinamente, eso es Kitsch.

Entonces ¿qué podríamos definir como Kitsch bajo este contexto? Dudo mucho que a la lotera que vende en la caracas con 19 le parezca poco genuino su cantar de LOTERIAAAAA!!!! O que a los genios que se inventaron las tablillas de los buses se les haya hecho que estaban copiando una forma de mapa mental tan sintética y brillante como la que inventaron. Eso lo dudo mucho, lo que sí no dudo, por ejemplo, es que la gente que ha montado conciertos, bares y –experiencias- alrededor de la movida del techno y del house en éstos últimos años haya pensado que era genuino.

Este es el grueso del tema: ¿Quién mierdas en realidad se cree el cuento de que ir a rumbear a los sitios de moda donde ponen electrónica es un fenómeno de alta alcurnia social? (La respuesta es que mucha gente, la verdad) Es de lo más plebeyo que hay, no se sigan mintiendo. Gente que porque escucha Sven Väth desde que comenzó, o desde hace dos meses, siente que está liderando una tropa que cambiará el mundo a punta de droga y unidades CDJ. Es la pena que sufrimos la patética juventud, ese ciclo del cambio social, que en Colombia es tan incipiente, en el que nosotros nos colamos por la puerta de atrás como raro sin dar mayor aporte que seguirle los pasos a lo que otros países conemzaron. Así sucedió con el rock de los sesentas que Caicedo retrató en sus libros y que hoy día hippies trasnochados aún defienden con nostalgia, y el punk de Rodrigo-D que se terminó convirtiendo en las novelas donde Ramiro Meneses acabó trabajando.

Ese es el Kitsch, ese fenómeno que en Colombia logra agarrar la superficie de los fenómenos internacionales con agilidad y viveza (como las ratas que raponean celulares en la décima) y que al fin de cuentas, nos dejan en un piso movedizo sobre nuestra identidad cultural, que termina siendo la No-Identidad. Si para esta época, usted no ha ido a rematar hasta las seis de la mañana al centro, está sacadísimo de onda, si no apoya el matrimonio igualitario, es un cerdo cavernícola y si no anda en cicla es un animal contaminador y poco racional. Ni siquiera tiene que ser una iniciativa de corazón, con tal de quedar bien, usted puede decir que adora a los gays y llegar a la casa a echar pestes de ellos y así mismo, como sucede en el congreso, todos dicen que sí para hacer pantalla y lobby y al final se van con el rabo entre las patas de la ética.

No faltará el que lea esto y se indigne porque digo que la lucha por la igualdad social en Colombia no es genuina, o que se indignen porque su amor por el techno alemán es poco más que una pasión de cuna. No los culpo, me ha pasado. Pero en realidad, este es un lugar que funciona así, donde las fachadas cambian a toda hora y los cimientos suelen quedarse intactos desde la Patria Boba. Por eso, si va a dárselas de vanguardia por ir a trancarse dos pepas y pagar diez veces lo que cuesta un evento a los que está yendo, piense dos veces en que está siendo un bobo útil de un momento del mercado.

Como última anécdota quiero dejar la siguiente experiencia: Hace poco, unos meses, vino a Colombia Maya Jane Coles, una de las Dj’s, productoras, ect, más importantes de la época actual. Era un jueves y el sitio, que normalmente mantiene abarrotado, tenía por mucho 100 personas. Ese día comentábamos con el novio de una amiga, que es irlandés, que nos sorprendía como en cualquier ciudad de Europa o Estados Unidos, que es de donde salen todos estos movimientos musicales hijos de la electrónica, esta chica habría llenado un escenario de 3.000 personas muy fácilmente y que, acá en Colombia, la boleta haya costado 30.000 paupérrimos pesos y no haya habido más de 150 asistentes. Dirán que es porque era DJ set, o porque era un jueves, no sé, el caso es que dejo esta pequeña reflexión, para que si su papá le dice que lo de meter pepas es pura moda, lo escuche con más atención y no se haga el internacional, que lo hace ver como otro más que pasa por esta tierra del fusilaje y el rebusque a gran escala.

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