Me he visto muchas veces enfrascado en conversaciones de por qué The Smiths, Led Zeppelin o Pink Floyd son mejores artistas que Daddy Yankee, Jimmy Gutiérrez o Wisin y Yandel. Aún hoy cuando la conversación se condensa en referentes más sofisticados, como Daft Punk, Disclosure o los representantes de los circuitos de música de club, hay un consenso general, desde mi perspectiva, entre la gente cool que apoya la música de otras latitudes al referenciar al Reggaetón, los corridos o la carrilera como música inválida dentro de un contexto del que tenemos mucho de qué sentir orgullo.

Voy a empezar por dar una breve historia de mi perspectiva cultural del reggaetón: Era yo, en séptimo grado de bachillerato creyéndome el putas por escuchar Eskorbuto y La Polla. Llegó el fenómeno de la gasolina, por el cual todas las niñas en las fiestas de colegio se volvían locas y en la mente de un puberto bombardeado de testosterno, la única manera de poder acercarse a una jeva era aprendiendo a bailar el estrepitoso género aquel. Me demoré mucho en caer en sus garras, porque me sentía muy pro-mujer y esas cosas (que no vienen a esta discusión) y al final, a eso de noveno, tres años después porque me cagué un año, aprendí a bailar reggaetón. Vino la felicidad a mí. No entendía si estaba siendo mañé, si estaba destilando manteca contra la pelvis de alguna amiga del colegio, pero fue fiesta cada ocho días para bailar hasta que diera el salón comunal.

Si uno contextualiza ese tipo de recuerdos y nostalgia, podría estar generando una memoria, como la que a algunos padres les generará escuchar The Beatles o Rolling Stones, solo que bajo diferentes contextos y lógicas. El contexto de Jimi Hendrix lo podrán entender los tres gatos colombianos que lo debieron haber visto en vivo ¿Y los demás qué? Si a usted le parece que es más cercano el blues de los oprimidos estadounidenses, que la borrachera del prom, déjeme decirle que está meando muy por fuera del tiesto.

Haga lo que haga y diga lo que diga, usted nunca va a poder entender las condiciones socio-culturales que desataron el rock europeo y estadounidense que tanto idolatra. Así se haya visto seven ages of rock edición de lujo con comentario de ultratumba de Jim Morrison, esas son vainas que a usted por designios del divino, no le tocaron vivir. Pero por suerte tiene otro tipo de folclore más al alcance de sus manos, que le parezca mañé, ñero, guiso, de quinta o lo que sea, ya es para su malestar social un desalabro porque, aceptémoslo, si le suena Gali Galeano en algún bar en París, usted va a sentirse aludido.

Puede que la gente se altere o lo que quiera, pero las bandas tradicionales del rock apelan a un recurso muy fácil, en mi opinión, que es una narrativa sobre las cosas infalibles en los seres humanos: La tristeza, lo sublime, lo masculino, lo femenino, ect… Si usted quiere, puede ir a una entrega de primer semestre de Universidad, o incluso proyectos de arte de colegio y podrá saber que los artistas están apuntando a las mismas ideas, bajo diferentes determinaciones formales, pero la idea es la misma: La tristeza que sentí cuando… La alegría que sentí cuando… El alivio que sentí cuando…

Es cuestión de códigos, mírelo por ese lado. Si el mensaje que usted quiere dar es que es un chico triste e inglés, las herramientas lingüísticas o musicales a las que debe apelar son bien conocidas, es decir, tiene un código que prácticamente todo el mundo va a entender, y el código no es algo mágico que apareció entendido en la cabeza de todo el mundo. Por ejemplo, mi mamá no se aguanta una canción de Patti Smith, que es más o menos de su época rebelde, pero si le pongo JLo o Pitbull, se pone feliz de la pelota. Tiene sentido, porque los procesos de codificación con la cultura se dieron más hacia su vida adulta que hacia su niñez, puede ser por condiciones económicas o sociales.

Teniendo un código adaptado por todos, lo que viene es más sencillo aún: Hallar una manera figurativa en la que esos códigos apelen a sensaciones que se puedan fácilmente entender ¿Qué quiere decir eso? Si tenemos la posibilidad de hablarle a todos, al final la intención real del artista no va a ser necesariamente la que se produzca en el mercado musical. Por ejemplo Nirvana, si el propósito inicial de la banda era cagarse en toda la industria musical, hoy en día salieron hípercagados cuando los ponen en fiestas de 15’s.

En cambio, si a usted le ponen a Jimmy Gutierrez en una cantina, o en una fiesta de 15’s, Jimmy Gutiérrez va a tener asegurado desayunarse al menos unos buenos huevos pericos al otro día, sin ningún rechiste ideológico. Y no se trata únicamente del contento del artista, es el contenido artístico que este lleva consigo. Póngase usted a pensar: Una persona que no tiene una educación avanzada (como muchos fans del rock pregonan de sus ídolos) es capaz de hacer consumir hasta a Hong Kong (como dice Calle 13) sin en entender en absoluto los códigos se utilizan, para mí, eso es característico de un genio artista.

Eso, en cuanto al consumo, póngase a pensar la capacidad de síntesis y de abstracción que tienen estos tipos al componer. Alejo Durán, con la canción de la perra, estoy seguro que hizo temblar a Barba Jacob y sin titubear, puedo decir que la canción homónima de Los Hispanos, tendría un efecto similar. Por qué diantres a nadie se le ocurre pensar en todas las posibilidades metafóricas que resultan de este sabroso ritmo tropical.

Si usted es de los que no aprecia el arte abstracto, puede remitirse a algo más figurativo: “De rodillas te pido” de Giovanny Ayala. Puede que la parte musical de la que fue fusilado este género llamado ampliamente “popular”, sea de raíz mexicana, pero imagínese a Vicente Fernandez saliendo de la cama con una vieja mona teñida, más operada que nadie y reventando una botella de whisky en el piso. Grita Colombia por todos lados, por el fusilaje, por lo narcodescendiente, por lo que sea, es una producción de la que usted no confunde el orginen.

Hay quienes a los que les molesta que lo asocien con los traquetos, con las lógicas machistas de la cultura popular y demás, pero tengo para decir dos cosas. La primera, es que si usted pretende salirse de ese esquema, va tener que aceptarlo como propio sin dolor, porque de dejarlo a un lado lo único que le va a quedar es ese desagradable recuerdo de su país de origen cada que se le cruce por el camino. La segunda, es que las dinámicas sociales en otros ámbitos son las mismas que las de la música popular. Piense en esas viejas que son modelos de ropa independiente, que van a los sitios de electrónica de moda y que tienen docemil seguidores en todas las redes sociales ¿Quiénes son los novios de esas viejas? Los dueños de los bares, los tipos cool que son dj’s, mejor dicho, usted no las va a ver con Pipe Bueno, por más bueno que esté, y eso sucede, porque seguimos teniendo la misma perspectiva traqueta exitista de la vida, filtrada por otros códigos que nos hacen sentir europeos o gringos.

Hay gente que dice que la música popular es demasiado figurativa, que la forma de la música no tiene narrativa alguna, a diferencia de la música electrónica de muchos géneros como el minimal techno. Quiero decirle a esas personas, que nunca tuvieron que bailar en una fiesta “La Marcha del Pato” de Los Mirlos. No es que me guste más, pero de una manera modular la canción logra capturar toda la escencia de la fiesta navideña Colombiana. Dígame quién diablos en una canción va a apelar ese tipo de cosas. Si usted es grinch y odia ver a tía bailando Rodlfo Aicardi, o simplemente esas tradiciones murieron en su familia hace décadas (o nunca existieron porque tiene ascendencia italiana y a ellos qué les va importar), por favor vaya a una casa clase media que paga con tarjeta codensa para que vea la feliz realidad que los rodea.

Con seguridad hoy puedo decir que el más grande cantante, compositor, performer y orador lationamericano, es el reggaetón. Donde quiera que vaya hay reggaetón, desde Cali hasta Pasto, desde Argentina hasta México. Se transformó en un espíritu ubicuo de cómo vivimos nuestra cotidianidad, de cómo celebramos, de cómo sufrimos. En cada país se fue transformando para uso exclusivo de cada región, hoy todavía no entiendo qué es garete ni flejetón, y me imagino que un salvadoreño le entiende a Kevin Roldán que un pato es un animalito en su canción. Dígale a Thom Yorke que le represente la identidad del grueso popular gringo a ver con qué gracias le sale. O que le diga a Soko que cante una canción en la que incluya a Polonia, la jode, se queda sin de qué hablar si no tiene playa, amor y esas cosas de series de Sony.

Para concluir, quiero decir que esto más que un discurso chauvinista sobre géneros musicales que apoyo y disfruto, es más un texto sobre cómo productos que mucha gente trata como de segunda, para pobres, mañés, en fin, me han hecho reflexionar sobre quién soy, sobre cómo quiero plantear mi identidad. Que si una representante de Unicef me dice narcotraficante periquero, tenga los pantalones para asumir que también soy eso y esperar una oportunidad par ademostrar lo mucho más que soy, sin tener que nombrar a Falcao o a Shakira.

Esto tampoco es un manifiesto de descarte a la hibridación y la fusión. Negar la copia, la chiviadera y la baratija de este país, es negar la cultura popular en sí. Por eso hay proyectos hoy en día, los cuales mezclan millones de cosas y les sale tan colombiano como un plato de lechona, o un cuentico del antiguo vallejo, al que le encantaba Antioquia. Hibridemos, copiemos, fusilemos, pero con mucho sentido de la orientación, porque para copiar lo que hacen los extranjeros allá, nos hace falta vivir allá, y eso es algo que no todos tenemos la posibilidad de hacer, o simplemente no queremos.

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