Hoy 25 de Mayo de 2014, vísperas de las elecciones presidenciales en Colombia ocurren dos cosas extremas: Por un lado, las personas que apoyan al Uribismo con capa y espada están felices y celebran una victoria, por el otro, una ola de decepción e inconformismo por la victoria de un “ antiguo régimen”, si se quiere, que antes gobernaba.

Al principio sufrí, tengo que admitirlo. Eché diablos de los votantes que eligieron a las dos pestes del país como los mejores administradores que esta patria merece. Fuera del discurso chauvinista, me duele, es triste sentir la derrota cada cierto tiempo que hay elecciones para representar cargos públicos, cuando suben candidatos simpatizantes con la derecha fascista o cuando alguno que se mostraba interesante se tuerce.

Pero hoy he llegado a una conclusión, que empecé a pensar cuando iba a las marchas en contra de la reforma a la ley 30. Siempre que iba a las protestas veía que la gente se acercaba al ESMAD y le gritaban cerdos, hijueputas, animales y demás cosas ofensivas, yo pensaba: Esos manes deben devolverle los madrazos a uno con mucho odio. Y era cierto, la gaseada y la cascada después no era normal, indiferente de género, raza, edad, uno salía con el cuerpo magullado.

Ese fue el hallazgo prematuro,  me di cuenta de que Colombia es una escuela de odio perpetua. Después conforme iba viendo cómo los colombianos nos desenvolvemos en ambientes que no necesariamente son hostiles, me di cuenta de que nuestra naturaleza nos hace odiosos, nos hace creer mejores que los otros, así seamos iguales.

El otro día hablaba con un compañero de que en la Universidad (estudio en Los Andes) había mucha gente que así estuviera pagando lo mismo que uno, tenía la necesidad de sentir que pertenecían a una estirpe más merecedora. Muchas veces cuando habían protestas iniciadas en la Universidad, saltaban comentarios de que seguramente son los becados, o que había gente que simplemente no se tocaba con otra gente porque al parecer hay una jerarquía social imperante que se desarrolla entre más alemán sea el apellido de uno. Me sorprendió escucharlo de él, porque en un inicio pensaba que él pertenecía a esa estirpe, pero dándome la oportunidad de escucharlo me di cuenta que no necesariamente era así, que era un estudiante como yo, que tenía inconformidades.

Ese es el quid de este escrito, entender que nuestra cotidianidad colombiana nos hace odiosos. Sentimos que los demás nos quieren hacer daño o atacar porque hallamos la diferencia peligrosa, y es completamente entendible, porque tenemos una historia de sangre, de desconfianza, de dolor. Pero sinceramente, creo que el asunto para cambiar el país, fuera de un modelo económico, fuera de una idea de izquierda o de derecha, es superar esa brecha que nos separa los unos a los otros como coterráneos y creo que este es el momento.

Creo que hoy un colombiano puede llegar al perdón con su hermano. Tenemos desmovilizados en los taxis, ex-guerrilleros atendiendo la caja del supermercado y por supuesto los mismos asesinos en los puestos altos del poder ¿Por qué no darnos una tregua? Creo que si tanto hablamos de un proceso de paz, lo que necesitamos verdaderamente es el perdón con la diferencia, no solamente política.

La campaña política de estas elecciones, desde todas las perspectivas, fue un ariete de odio de lado y lado. Los que odiamos a Zuluaga por ser el  portador de las ideas de Uribe, los que odiamos a Santos, el gran repartidor de los recursos colombianos, los que odiamos a Peñalosa, un ex-alcalde que conoce mucho más de otras regiones que de su propio país, los que odiamos a Clara, la representante de un sector en Colombia que generalmente está asociado al crimen y al dolor.

Pero más allá de esos sesgos, hay que admitir que en la diferencia está el poder. Que detrás de cada candidato hay propuestas que en conjunto son mucho mejores que un solo partido. Si hoy, entre personas de un país que necesita el diálogo nos pusiéramos en la tarea de escuchar las necesidades y propuestas de los otros, no estaríamos en una carrera de odio que llena los medios de comunicación de ofensas y denigraciones.

Creo que en Colombia hay talento, no me considero un genio, pero sé que muchos ciudadanos del corriente como yo, más un poquito de cohesión social, de amor por el que comparte la cuadra conmigo, podríamos hacer la diferencia que cambie ese panorama que tanto nos fastidia y duele. Y esta es la propuesta: Bajémosle al odio.

No pretendo que el mensaje tenga sectores, se lo digo tanto a la gente que trabaja en la central de abastos como cotero, como a la gente que tiene empresas de pasteles. Este país no necesita cohesión únicamente cuando hay que enfrentarnos a otros países, tanto en la política como en el fútbol (que para mí viene siendo lo mismo). Este país necesita que hallemos las cosas que nos hacen similares y hacer de ellas nuestro primer paso en la paz, la identidad.

Que un colombiano, además de Falcao y Shakira, tenga más motivos por los cuales darse la mano. Que un paisa por fin pueda declararle el amor a un bogotano, sin tener que apelar a que son mejores que nosotros por equis o ye motivo, que nosotros los bogotanos  dejemos la idea estúpida de que por ser la capital tenemos más que las demás regiones, sabiendo que somos una ciudad pequeña en un país en vía de desarrollo, que podamos ver a un costeño y admirar su capacidad de ocio y reflexión.

Alguna vez un profesor de sociales me dijo: “Los países asiáticos progresan, porque respetan los cultos de los otros”. Hoy sé que no es cierto, pero sé que es una lección importante. El deber de esta generación jóvenes adoloridos es que potenciemos las habilidades de cada uno de los colombianos para que haya al menos un país vivible, porque del madrazo en Facebook a los otros candidatos, solo nos va a quedar la desidia y la amargura.

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